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Crónicas y series fotográficas de José Alexander Bustamante

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12.28.2010

El síndrome de La Mulata


Era mi última noche en La Habana. El nueve de septiembre de ese año, el aire cálido del barrio de Vedado se transpiraba por las altas ventanas. Una mulata estuvo sentada largo rato en el living, visitaba  a los dueños de la casa, luego entendí que no era una visita corriente, era una despedida.
Por esas cosas que sólo se ven en Cuba, ella, la mulata, se había “enamorado” de un argentino, se casaron y como consecuencia, se la llevaría a vivir a Buenos Aires para “siempre”, un matrimonio que se sustentaba en la solidaridad y la libertad y no precisamente en el amor.
            Al final de la visita, se abrazaron, se hicieron promesas de correos, lloraron a llanto contenido. Se despidieron.  Después la dueña de la casa me daba los detalles de ese tipo de exilio que con el paso del tiempo he visto de diferentes maneras. Esa noche  me costó entender por qué alguien tenía que irse de su país para intentar alcanzar su idea de la felicidad.
La mulata ahora esposa del argentino, era igual de cubana que el resto de los habitantes nacidos en aquella gran Antilla, era tan cubana como la negra que se la despedía, su amiga, que aceptaba las condiciones de esa felicidad comunista.
Podemos entender que las posturas ideológicas lleguen a lugares antagónicos, pero de ahí al auto exilio, es un sadismo político y egoísta, lejos de la horizontalidad del pensamiento, lejos de reconocer al otro, de aceptar la diferencia.
Al día siguiente volé a Maiquetía, por la tarde salí del Aeropuerto “José Martí”. El taxi, que no era un taxi sino un carro del gobierno cubano, me cobró 10 dólares (y no los 20 de los taxis oficiales). Era amigo de un amigo cubano que hice durante mi viaje; una forma de tener una entrada extra. Yo no tuve miedo de aceptar la oferta, los primeros días ofrecí un poco de resistencia, después noté que para todo había un mercado negro, en particular el de las jineteras.


El retraso del vuelo al salir de La Habana y una escala larga en Curazao hizo que llegáramos muy tarde a Maiquetía. Pasé la noche en el aeropuerto, al día siguiente, 11 de septiembre, quizá cuando el avión levantaba de la escala en Barquisimeto, en ese momento caían las torres gemelas, estaba en el aire mientras en el aire aviones caían y víctimas perdían sus vidas. Después de la llegada a El Vigía una llamada nos informaba del suceso en Nueva York, en aquel instante el atentado no me afectó tanto,  venía de un país en el que no me gustaría vivir, pensé: en un país así no me gustaría vivir, no sería feliz.
En aquel momento yo trabajaba en Mérida en un tecnológico dando clases de Diseño Gráfico y Publicidad. Eran los primeros años de Chávez, en Cuba recordaban el reciente cumpleaños de Fidel amenizado en tierras venezolanas, estaban las eliminatorias al Mundial Corea/Japón 2002 y  el rendimiento de Argentina era abrumador, con un equipo de lujo que dirigía Marcelo Bielsa, pero Brasil con Ronaldo saldría campeón. Yo tenía un programa de radio en una estación ya desaparecida, recuerdo que hice un contacto telefónico desde una cabina, tuve que hablar un poco bajo para decirle a la locutora en Mérida que Cuba era como Venezuela, pero al revés, que comunismo y capitalismo son la misma cosa. Eran también los primeros años de Sed de Gol en el diario Frontera de Mérida.
¿Por qué nos pasa por la mente la idea del exilio voluntario? ¿Dónde están los espacios de entendimiento? ¿Por qué no son utilizados? Algo sucede en el país, y el problema está parcialmente focalizado: falta de diálogo y falta de consenso entre los núcleos que forman la sociedad. La incompatibilidad se produce si los núcleos sociales se olvidan del individuo. En ese instante se pierde la naturaleza de la sociedad, porque la sociedad es el individuo y a éste se le olvida que es el hombre quien produce las teorías y postula las formas de organización, que es necesario abstraerse para formular soluciones, pero que la combinación idónea nacerá de los valores individuales que intentan ser grupales planteados como modelos sociales de organización y no a la inversa.
La mulata era víctima de un sistema que no la contemplaba como individuo dentro de los núcleos de convivencia social, algo sucedía que eran incompatibles, la mulata no se sentía feliz en Cuba, prefería cualquier lugar antes de gastar su vida en la isla, el azar le ofertó Buenos Aires y ella no dudó en aceptar.  Estamos contagiados del síndrome de La Mulata. Veremos qué pasa.


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