Patrocinadores



Crónicas y series fotográficas de José Alexander Bustamante

__________________________

La Rama Dorada Literatura y Saber Compra y venta de libros nuevos y usados. Música y Películas.
Calle 27, entre avenidas 4 y Don Tulio, diagonal al Liceo Libertador

_____________________________
alexanderbustamante72@gmail.com
Mostrando entradas con la etiqueta Caracas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Caracas. Mostrar todas las entradas

10.30.2010

Caracas, Calcuta (y no París, Texas)



El ruido crece a mil motores por oído,
A mil autos por pie, todos mortales.
Los hombres corren detrás de sus voces
Pero las voces van a la deriva
Detrás de los taxis.
Más lejana que Tebas, Troya, Nínive
Y los fragmentos de sus sueños,
Caracas, ¿dónde estuvo?...
Eugenio Montejo

Después de la lluvia repentina del mediodía, fuimos caminando hasta el estadio Olímpico de la Universidad Central de Venezuela, UCV, allí el DT Noel “Chita” San Vicente estaba dando una “clínica” de fútbol para jóvenes no profesionales, tanto hombres como mujeres.
            Junto con Daniel Albornoz, profesor de la escuela de Letras de la Universidad de Los Andes ULA, comentábamos la injustica deportiva que sufrió esa ciudad al dejarle un solo juego de la Copa América celebrada en Venezuela, precisamente el encuentro menos importante de todo torneo: el tercer puesto.
            Sin muchos trámites llegamos hasta el césped donde un puñado de gente rodeaba al ex jugador y ahora técnico del Real Sport, uno de esos equipos fantasmas de nuestra liga,  escuchaban con detenimiento algunas instrucciones y de lo que consistiría la jordana de aquella tarde sin sol y fresca.
            El Olímpico, como todo estadio, es mucho más pequeño en la realidad que en la virtualidad de la televisión, sin embargo, las montañas al fondo y los edificios que se ven, dan la sensación de estar en medio una ciudad importante y bonita, todos los elementos de una postal, que postal al fin, reproduce una imagen que sólo existe dentro del marco gráfico.

           
             Nos sentamos en el banco de suplentes y desde ese lugar miramos la práctica, se escuchaban los gritos de San Vicente y sus manos levantadas, a modo de regaño, a modo de indicaciones, que los jóvenes obedecían con disciplina.
             La práctica, aburrida para quienes no forman parte de ella, nos motivó a abandonar el estadio y volver al Seminario de Políticas Editoriales que organizaba la Escuela de Letras de la UCV. Muy cerca de allí, en las afueras del estadio de beisbol, muchos toldos se preparaban para vender entradas, cerveza y suvenires, en una pasión equivalente al fútbol en otros lados.
            La larga caminata nos llevaba a otras reflexiones, a manera de chiste, decía que cuando en Caracas llovía se parecía a Calcula, nada funcionaba bien, y desde ahí comenzamos a deshilachar la pobre calidad de vida de la capital venezolana, “se le salen las costuras” apuntó Albornoz.
            Le dije que era la máxima expresión del tercer mundo, que es difícil que alguien tome como opción de visita a una ciudad que con sólo con caminarla, la sensación de inseguridad que se siente, provoca salir corriendo, a la lista le agregamos el mal estado de las calles, la multitud de gente en el metro, las largas hileras de carros, el irrespeto mutuo entre automóviles y peatones, el ruido de las bocinas, los vendedores ambulantes, la ausencia de policías en las calles, la basura acumulada; una vergüenza urbanística y cultural, y para colmo el centro del deterioro del país, que como es de pensar, se irradia como modelo a seguir. Una ciudad que convirtió el centro comercial en su lugar preferido de esparcimiento, es digna de una reflexión sociológica.
            Caracas tiene aires a Calcuta[1], no por la cercanía fonética -como Paris, Texas[2]-, sino por la conexión social: la pobreza en todas sus representaciones, el coas y el desorden urbano, los valores ciudadanos, es La ciudad de la alegría (1985) de Dominique Lapierre[3], titulo cargado de un juego paródico e irónico, aunque tenga una lectura romántica y hollywoodense.
Parafraseando a Gonzalo Fragui en su poema Carta de Antonio Mora del poemario  Palabra Prometida (1997): por allá, salvo el amor, la salud, la calles, el Ávila y el dinero, en Caracas/Calcuta, todo bien. Que nadie se sienta ofendido.Veremos qué pasa.

 ___________________________________________________

[1] En Calcuta viven más unos veinte millones de habitantes, Caracas, apenas llega a siete.
[2] Desde la noción de la memoria provocada por la amnesia el film Paris, Texas (Wenders, 1984) es un largo camino por el reencuentro de los seres separados por los infortunios de la vida.
[3] Adaptada por Joffé  en 1992, el mismo  de Los gritos del silencio(1984) y  La misión (1986).

7.29.2010

Secuestro express


Cuando Alex Aach recibió de Carlos un pequeño papel con su número de teléfono en Venezuela, nunca pensó que aquel casi insignificante encuentro, el último día del festival de cine en Polonia, sería trascendental en su llegada a Caracas. Si bien la historia suena a comienzo de relato de García Márquez, el hecho en sí, es mucho más que una crónica diaria, que un evento de realismo mágico, es un testimonio.
En la posada de Los Nevados, después de la cena de fin de año, en la mesa contigua estaba Alex (el tocayo) y su novia italiana; Carmen, entablamos la típica conversación de viajeros: de dónde vienen, a dónde van, cuánto tiempo en Venezuela, porqué Venezuela, ya saben, desde cuando en Mérida, algo de fútbol.
Eran de Luxemburgo, donde no tienen liga de fútbol profesional, de manera que la conversación giró con rapidez a los campos de la cultura: primero la literatura y luego el cine, ya que Alex, el tocayo, es director de fotografía en el cine europeo.
Hice una pregunta de rigor: ¿has tomados muchas fotos? , claro, director de fotografía (ha trabajado con Jean-Claude van Damme, Gérard Depardieu, entre otros), supuse que estaba registrando todo el color de los andes tropicales.

Después de su respuesta, tuve no sólo una gran vergüenza, sino salió de mi un extraño brote de sentimiento nacional[1],  cuando palpamos por medios de otros testimonios las miradas las realidades que retratan la vida interna venezolana: la inseguridad, una de ellas.
En su arribo a Venezuela, Alex y Carmen, después de salir del aeropuerto de Maiquetía, recibieron el viento fresco del mar Caribe y luego tomaron un taxi “acreditado” desde ese terminal aéreo. Ya en Caracas (una caricatura de capital), el taxista decide llenar el tanque de gasolina. Sorpresa: las puertas traseras son abiertas sorpresivamente, dos hombres armados en complicidad con el taxista, uno por cada lado y pistola en mano dicen las palabras mágicas del terror: “esto es un atraco, sus vidas están en nuestras manos”, después del pánico inicial, como es lógico, sacaron sus billeteras, los pasearon de cajero en cajero, robaron lo que pudieron, y después de dos eternas horas por las calles de la desteñida Caracas los arrojaron, en sentido literal, frente al terminal de La Bandera, donde, como siempre, alguien amable les prestó una tarjeta telefónica y Alex, ahora el recién robado, pudo sacar aquel papelito que le habían dado en Polonia y llama a Carlos, quien sería el salvador de esta pareja de turistas que pisaban por primera nuestro país.
Acostados en los chinchorros de la posada, Alex, seguía contando los detalles. Carmen por su parte, aclaraba algunos pasajes del suceso, del pánico de esa primera impresión de “la capital del cielo”.
Nosotros, indignados, nos hicimos amigos de paseo: viaje al río, un almuerzo amistoso en Mérida, algo familiar, intentando hacer el trabajo de diplomáticos empíricos, lavando la imagen del mal país, y en espacial de su capital, maltrecha por la inseguridad (lo nuestro es un problema de organización, más que político).
Las estadísticas fallan –y mienten- cuando se trata de inseguridad en Venezuela, sólo lo creemos hasta que nos pasa o lo vemos de cerca. La virtualidad de los medios de comunicación nos enajena de las realidades. La verdad se oculta y se desoculta a conveniencia, en palabras de Gadamer. Veremos qué pasa.




[1] No del nacionalismo político, ese es un nivel muy primitivo.