Patrocinadores



Crónicas y series fotográficas de José Alexander Bustamante

__________________________

La Rama Dorada Literatura y Saber Compra y venta de libros nuevos y usados. Música y Películas.
Calle 27, entre avenidas 4 y Don Tulio, diagonal al Liceo Libertador

_____________________________
alexanderbustamante72@gmail.com
Mostrando entradas con la etiqueta idelogía. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta idelogía. Mostrar todas las entradas

2.27.2011

Excesivamente normal

Por José Alexander Bustamante-Molina


“No sé sabe qué pueda ocurrir” me dijo Miguel Zsnetar cuando le pregunté cómo terminaría el efecto Egipto como se le ha llamado. Una semana después, en la previa a la presentación de la edición 3 de El Club de la Serpiente en la librería La Rama Dorada de Mérida, le pregunté a Alejandro Padrón ahora respecto a Libia, nadie mejor que él me podía dar un argumento verosímil, fue embajador de Libia y durante varios años desde adentro, conoció el sistema de vida de aquel país, tiene un libro a punto de publicar sobre su estadía al norte de África. Padrón era el menos optimista, entendía que era una fuerza poderosa la de Gadafi, como la de Fidel, como la de Chávez tal vez.
Con un raro parecido a Charly García, quizá por su vestimenta, y sus poses de hombre poderoso y cosmopolitita, Gadafi se ha retratado con todo el mundo, su aspecto taciturno es un principal rasgo de seducción, todos caen ante el Líder. La lista incluye desde el más derechista hasta el más populista de los políticos, no tienen concesiones sus vínculos sociales y seductores. Para él, Libia es su pequeño pedazo del mundo, su administración y su forma de ser autónomo. Líderes indígenas, ex militares, militares presidentes, monarquías, liberales, conservadores, modelos hermosas, mafiosos, empresarios, todos pasan caminan por su alfombran y se regocijan en su carpa.
Quisiera compartir con todos una muestra al azar de imágenes pescadas en internet sobre Gadafi.  Tituladas con apuro, todas un reflejo que nos ayudan a constituir sus capas ideológicas. Veremos qué pasa.



















1.08.2011

El hombre que camina

                                                                                                                                  
                                                                                                                             A Don Luis Caraballo

Era el último autobús que la chalana pasaría al otro lado del río Orinoco, al rancherío de Cabrutas en el estado Guárico, en todo el centro de Venezuela. Venía de Yarikajé, selva adentro, una experiencia de vida única en compañía del Hermano José María Korta y una docena de soñadores, era un proyecto de formación social para formar voluntarios que se insertarían en proyectos comunitarios.

            El retorno lo hice al lado del cineasta chileno Pablo de la Barra, quien producía un documental de aquella experiencia comunitaria, yo era su productor de campo. Para los ojos de la gente éramos dos personajes raros, inofensivos. La gente esperaba con paciencia el paso para viajar toda la noche hasta Caracas. De la Barra conversaba amorosamente con una joven que acompañaba su hermosura con un mono que la sujetaba a la altura de su vientre. De lejos se pensaría que era un recién nacido. Esa es una imagen que tengo siempre en mi mente.
            Una semana después de la llegada a Caracas, Pablo de la Barra me llamó para que fuese su asistente durante un día cubriendo una noticia que era fuente de opinión mediática para la época. De la Barra producía unitarios para RCTV y además era un productor y corresponsal de APTV. Estaba conectado con el mundo mediático y la puesta en libertad de Carlos Andrés Pérez, CAP, no pasaba por alto, fuimos con prisa a la oficina de la avecinada Libertador de CAP, el bullicio mediático era exagerado, había decenas de personas, algunas personalidades y mucha prensa. A lo lejos se veía la calva que lo caracterizó desde joven, hablaba del país, de que habían cometido una injusticia con él, la investidura de poder aún la conservaba pero estaba en grave deterioro, con cierta nostalgia se le notaba que no tenía tanto poder, y en su cara, creo hasta su muerte, tuvo esa expresión de nostalgia por el poder.

Aquella mañana era la segunda vez que lo veía. Antes, en Mérida, en la previa de las elecciones de 1988, en uno de esos actos populistas, tradicionales y necesarios fue la primera vez que lo vi. Recuerdo que su contrincante era Eduardo Fernández, un conservador que prometía como político, pero nunca pudo superar aquella derrota que le propinó CAP, una paliza.
También fue una mañana, en un sector de clase trabajadora, de profesionales, de gente trabajadora en general y de algunos delincuentes. Lo vi pasar en una camioneta Wagoneer color crema, iba en la parte de atrás conversando con alguien, llevaba el vidrio abajo y con una mano que sostenía en la ventana, iba saludando con indiferencia, de igual modo nos saludamos. 

          
   Entre el ascenso y el ocaso al poder, entre otras cosas, el segundo gobierno de CAP se enfrentó a la transformación de los medios de comunicación, comenzaba la noticia en “vivo”, el reino de la imagen tocaba la costa, no había nada que hacer, se coronarán en la vida del hombre,  las estructuras de la comunicación en el mundo que se cruzaron de forma simbiótica y se potenciaron a terrenos desconocidos que cada día nos sorprende. Un chispazo divino; primero la televisión por suscripción, la esperada llegada de las FM y el sonido digital, la aparición del CD, la telefonía celular, Maradona, el futbol italiano y el español por VTV. Walter Martínez era la imagen publicitaria de Colgate-Palmolive (“en dientes duros no entran caries”), todo era caldo de cultivo para el florecimiento de la Internet.
           

 Cambio de época y época de cambio. El hombre que caminaba fue en su momento el político más importante de Venezuela y buena parte del mundo: amigo de Cisneros, Felipe González y Fidel Castro, este último, fue la vedette en la segunda toma de gobierno hecha en el Teatro “Teresa Carreño”.
Lo que años más tarde tildarían de populismo y corrupción, en su presente fue progreso, inclusión y democracia. Somos una sociedad de la idea de La isla que se repite de Antonio Benítez Rojo: creemos en la promesa que se ofrece y luego nunca se cumple. Y la ceguera y el poder de la incandescencia del presente no nos dejan ver al lobo. Somos una sociedad que juega a la seducción de la promesa política, y siempre juega, y siempre pierde. Solo creemos en el lobo cuando lo vemos partir de vuelta, después que nos ha atacado, nunca cuando se aproxima. Ahí viene el lobo otra vez. Veremos qué pasa.


5.28.2010

Los Fanáticos


El fanático en el fútbol es un sujeto social que se auto incluye. Es capaz de decir “ganamos, perdimos”. Juega a la distancia, tiene alianzas invisibles con los otros sujetos deportivos que apenas conoce, que tal vez vio a la distancia o por la TV, pero es capaz de llevar la franela, remera, playera, camiseta, bufanda o cualquier atuendo que lo identifique con la facción con la que se siente identificado, generalmente de los equipos ganadores o al menos de los favoritos.
¿Qué es el fanatismo? ¿Qué es un fanático? ¿Cómo lo identificamos? ¿Cómo se moviliza en el fútbol? ¿Cómo podemos definirlos sin ser peyorativos?
Fanático y sentimiento sería la relación principal que podemos establecer, que por extensión es una relación entre la sociedad y la ideología; comparten valores. Viéndolo desde esa perspectiva, es un conjunto de la sociedad que se identifica con un pequeño grupo de sujetos que son líderes y protagonistas de una acción social.
Vamos a remitirlo al deporte, al fútbol en nuestro caso (y olvidarnos de los fanáticos políticos que obedecen a las mismas estructuras psicológicas, casi fascistas).  El fanático es un apasionado, está enajenado por el acto lúdico, que no deja de ser una parodia de la rivalidad, de los enfrentamientos, de los engaños, de los héroes y de los vencidos. El fanático es parcializado, es decir, está lejos de toda verdad lógica, objetiva, centrada. Sus atavíos son escudos pintados y uniformes que representan ya no naciones, ni países, sino experiencias estéticas que se conectan con sujetos deportivos que son héroes temporales en la cultura moderna.


El fanático es nostálgico, ingenuo y esperanzado por naturaleza. Violento por historia. Irracional por convicción. Vanidoso como Ser, narciso, llama la atención en cualquier lugar, habla en voz alta y construye una imagen de soberbia e intransigencia. Nunca cede a sus ideas porque se considera portador de la verdad, de su verdad, la de su parcialidad. Nunca comprenderá una derrota, todos tendrán la culpa, menos sus ideas platónicas de la parcialidad que apoya, aunque no parezca, es un sujeto sin nacionalidad definida y como todo sujeto, el fanático necesita de un espacio que lo modele y lo revitalice. Lógicamente es la cancha su espacio natural, donde convergen fanáticos, hinchas, torcedores, tifosis. Sin embargo, el espacio especial son los Mundiales, allí, aparecerá una versión renovada, incorporará colores, idiomas, símbolos, objetos del deseo.
Sudáfrica es ese lugar hoy. Novedad para un Mundial, mezcla de estereotipos de cultural antigua y naturaleza salvaje encerrada en safaris. Lugar indicado para que un nuevo fanático tenga la posibilidad de insertarse a este universo de las pasiones: los colores de banderas y las caras pintadas, los uniformes oficiales deambulando por las calles. Una imagen frecuente: los aeropuertos atiborrados de visitantes que miran carteles y mapas, desorientados en el sur del continente africano. Se irá construyendo el espectáculo que la imagen de la televisión poco a poco irá develando, nutriendo y exprimiendo. Nada quedará fuera de los encuadres de los medios de comunicación.
En el resto del mundo también estarán los fanáticos: cruzando los dedos, pidiendo milagros, se olvidarán que es un juego, será un mes de sufrimientos, de banderitas en los carros, de ilusiones que se van y otras que se renuevan con el paso de los días, con eliminaciones y triunfos, hasta que el círculo se reduzca a dos. Luego a uno, el campeón. Veremos qué pasa.